
Entonces ahí estaba yo, entre tus manos señor, sentada en la orilla de mi pequeño mundo, viendo asustada la vida correr, como río caudaloso que mojaba mis pies, bañada de nostalgias, y es que nadie te dice que la niñez también esta llena de tribulaciones, quizás porque a esa edad la palabra tribulación ni si quiera la hubiese podido pronunciar, en casa no me enseñaron a amar a Dios, ni a buscarlo, excepto los domingos en la misa, el resto de días Dios era un super héroe invisible, al que yo acudía inconscientemente.
Cuando era una niña no escribía cartas en navidad al niño Dios pidiendo juguetes como lo hacían otros niños, no era capaz de creer que otro niño me pudiese comprar mi muñeca favorita, a cambio le pedía a Dios que me hiciera fuerte, que me hiciera valiente y su mejor guerrera, quién le explica a una niña de 8 años como sobrevivir a la guerra entre sus propios padres, cuando era invisible, nadie nunca me pregunto si necesitaba algo, un abrazo, un beso, un "Tranquila, todo va a estar bien", así fue como poco a poco crecí en un océano perpetuo de violencia y oscuridad.
Con los años te vuelves indiferente incluso contigo mismo, pues de niña me quitaron mis ganas de ser simplemente una niña, empecé a refugiarme en ese señor de barba blanca, alto, tan grande que era difícil distinguir su rostro por el brillo del sol, vestido de blanco, nadie me hablaba de Dios excepto yo, anhelaba conocerlo, así que me aprendí el padre nuestro y rezaba antes de irme a dormir, y me dolía el corazón cuando no podía recordar alguna línea de la oración, ahora entiendo que tu me guiaste todos esos años a ti, aun cuando no había ninguna esperanza.
Siempre has sido Tu Señor, mi amado padre, el que de niña me guardo infinitas noches de angustia y soledad, siempre fuiste tu, mi fuerza, mi valentía, la felicidad hecha risa debajo de la lluvia, montar a caballo y y perderme de tu mano en cada atardecer, fuiste tu, mi libertad, trepar a la copa del árbol más alto y ver el cielo como nadie, siempre fuiste tu, sumergirme en el agua, cerrar los ojos y dejarme llevar por tus rayos de luz, fuiste tu tras la tormenta, el arco iris que yo veía impactada, fuiste tu, ese consuelo y compañía única a través de mi mascota, fuiste tu, cada paso que dí en busca de este presente que ahora me hace feliz.
Gracias por guiarme, por sostener mi mano siempre, por ser mi amigo, por no dejarme morir, gracias por la niñez que me diste, por ella soy tu guerrera, tu hija amada, gracias por enseñarme a reconocer lo valiosa que soy, gracias por salvarme, gracias por amarme así, gracias por haberme dejado volver a nacer para ser una niña feliz, amada y protegida, te amo padre eterno, doy gloria a tu nombre, a tu fidelidad, porque nunca fallaste y nunca lo harás. Amén.
"Testimonio"