
No recuerdo la última vez que escribí para ti, pero si recuerdo la última vez que mis ojos te observaron con esa sensación de eternidad que vaga por mi mente, esa noche, la noche que más recuerdo, tenías la mirada indecisa, mientras te servía café, pensaba que tu rostro era un poco diferente, incluso era extraño reconocer tu voz, cuando te abrí la puerta pensé que eras otro... La crisis de la separación de nuestros padres nos tenían algo distantes, callados, como si a duras penas nos conociésemos, yo en el fondo extrañaba el niño que me empujaba y me molestaba por cualquier cosa, extrañaba nuestras patéticas peleas de adolescentes sin sentido, extrañaba no encontrarme en tu desorden…
La verdad, no sé cómo funcionan los misterios de la vida, es más, yo no sé de misterios, ni de vida, no sé nada… Jesús es el mejor tipo que conozco, se ha convertido en mi padre todos estos años, vivo pegada de su mano, y se la aprieto fuerte, sobre todo cuando pienso en ti, le pido que te cuide, le vuelvo a preguntar por tu adiós, pero su silencio siempre lo dice todo, es un tipo sabio al que le guardo respeto… A veces, me siento en el borde de la cama a ver tus fotografías, y es verdad, la última noche que te vi, no solo tu habías cambiado, aquello de las hormonas nos habían atacado por igual, habías crecido tanto, que siempre te estaba mirando con la cabeza levantada, me gustaban mucho tus gorras, y las manillas de hippie que te ponías, me burlaba de tu equipo de futbol y te molestaba por las letras que escribías, y ni hablar de tus dibujos, aun me causan gracia…
Pero el tiempo se fue volando estos 15 años, y con él, también pasó el dolor, tengo que reconocer que me tomo muchos años ponerme de pie, tu partida sin querer, le robo tiempo a mi vida, el espacio que habías dejado era el duelo y la herida más profunda que pude experimentar a los 19 años, tú eras como el amor perfecto, libre, sin límite alguno, te vi tantas veces a mi lado que nunca llegue a pensar que era capaz de separarme así de ti, vivimos tantas cosas, buenas y malas, nos burlábamos de todo y por cualquier cosa, llorábamos abrazados y dormíamos juntos, nos gustaba acostarnos en el pasto a ver las estrellas y allí debajo de toda esa luz, solíamos inventar historias sobre extraterrestres, me enseñaste a ser libre y a hacer lo que se me daba la gana. De ti, siempre admiraré lo paciente que eras, tu nobleza era única, perfecta, tenías excelente sentido del humor, eras el niño más tranquilo que conocía, cocinabas rico y tenías talento para el arte…
Gracias por ser mi hermano, por haber vivido todo lo que vivimos juntos, tal vez si no hubieras estado a mi lado cuando era niña, no hubiese logrado sobrevivir, gracias por tus promesas, por buscarme para ir a jugar, por despertar a media noche y pasarte para mi cama cuando tenía miedo, gracias por no dejarme ahogar en el río, gracias por esperarme siempre en la copa de cualquier árbol, gracias por ayudarme a crecer, a ser alguien mejor, gracias por todas esas peleas que tuvimos, por ellas aprendí a callar, gracias por viajar a mi lado cuando descubro sitios nuevos, gracias por acompañarme esta noche, por ser parte de mis mañanas, de la risa o el silencio, gracias por darme ánimos cuando me siento triste y derrotada, hoy te regalo mis letras, mi paz, la tranquilidad que siento cuando te recuerdo y las lágrimas que no puedo evitar…
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar